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19 de noviembre de 2011

Del amarillo al azul

A Max no le convencían las palabras de su amiga. De ser ciertas, ¿por qué pintaron también la puerta de su panadería? ¿Formaba su padre parte de los organizadores del juego? Eso explicaría su silencio cuando le preguntó por aquellos señores con banderas rojas, blancas y negras. No, su padre no podía formar parte del juego, él odiaba los juegos. Quizá las estrellas amarillas eran sólo adornos para las próximas fiestas. Pero podían haberlas pintando en todas las casas – pensó –, o podrían haberlas pintado de colores más variopintos. Pero esos señores entendían poco de arte, eso había quedado claro.

Salif había visto también aquellos símbolos. En su pueblo eran azules, y no estaban mal pintados. Los trazos eran perfectos, y el estampado sobre el blanco impoluto de las banderas los hacía resaltar aún más. Seis puntas perfectamente ejecutadas, todas por igual. La estrella de David, le había dicho su hermano mayor, aunque él no conocía a ningún David, ni en el colegio, ni en todo el campamento.

Lo poco que sabía de aquella estrella, es que no debía acercarse demasiado. En cierto modo, también le parecía un juego. A decir verdad, pasaron muchas tardes calurosas jugando a esconderse junto a las plantas de basura al otro lado del campamento, justo donde el pueblo empezaba a construirse con ladrillos, justo donde las banderas estrelladas solían estar más presentes.

Entre Max y Salif había algunas diferencias. El segundo no cumpliría los diez años hasta bien entrado 2012. Además, era más moreno y no conocía a ningún niño rubio, de los que abundaban en el colegio de Max. Pero también se parecían en algunas cosas. Ambos perdieron a su padre. Al de Salif se lo llevaron los judíos. Al de Max, por ser judío. Los que se llevaron al padre de Salif llevaban aquel símbolo azul en sus chaquetas. Al padre de Max le pintaron el mismo símbolo en la puerta de su panadería, en color amarillo y con trazos menos rectos. A los dos les encantaba jugar. Para los dos, aquella estrella significó el final del juego.

27 de junio de 2011

Morir o matar


A veces, en los descansos que le robaba a su abrumadora felicidad, aún sentía nostalgia de aquello que nunca tuvo. Se preguntaba los efectos que tendrían en él las drogas que nunca se atrevió a probar, y quiso saber si habrían podido parar esta vorágine de sentimientos que ahora hacían expulsar violentos borbotones desde su corazón, que hoy latía tan fuerte como aquella triste noche en la que tuvo que crecer de golpe.

Temía que los tormentos no le dieran descanso ni siquiera después de haberse liberado del yugo que aún le sujetaba a su vida de papeles, relojes, ordenadores y prisas.
Dudaba sobre la vida que tendría si, aquel día, ella le hubiera dicho que cruzara el portal. O si mucho después, él le hubiera pedido que dejara todo para huír. Quizás si ella hubiera levantado la cabeza de su sano vaso de refresco...

Pero ahora ya no tenía prisa. Estaba probando la más tentadora de todas las drogas en las que pensó. La más efectiva.
Aunque sabía que tendría irremediables efectos secundarios, no se arrepintió mientras la probaba, mientras disfrutaba cada gramo de pecado, cada sorbo de inmoralidad, cada chute de valentía.

Comprendió que, al final, se trataba simplemente de morir o de matar.
Pero él nunca quiso elegir.
Por eso decidió quedarse con todo. Morir y matar.

Y con una última carcajada, hundió el cuchillo en su pecho.




30 de agosto de 2010

Sólo yo, sólo nosotros



Existes. Sigues existiendo. Muy de vez en cuando tengo un amago de noticia tuya. A veces, incluso, te veo. Pero ya no me duele.
Ya no te busco al despertar después de haberte visto en algún sueño efímero. Ahora ya no soy yo, somos nosotros. Porque ella forma parte de mi vida.

Quizá tú ya no seas la misma. Los de entonces ya hemos muerto, y no reconocemos nuestras sombras.

Ahora mi vida es ella, y sé que soy yo quien le da significado a la suya. El único significado que puede tener sentido. Sé que su fe se basa en mi, sin libros, sin dioses, solo yo, solo nosotros. Para ella no soy un mundano mortal.

Pero de vez en cuanto tengo noticias tuyas. A veces, incluso, te puedo ver. Siempre ocurre de noche, en el medio en que tú y yo sabemos movernos con sigilo. Con los ojos cerrados, cuando se abren todas las puertas. Cada vez son más tenues los recuerdos, pero tu rostro permanece. El tiempo no pasó para el recuerdo de tus ojos.

Entonces despierto y me doy cuenta. Ella está aquí, en el mismo sitio. Donde nos quedamos dormidos entre sábanas y nada más. No se ha ido. Jamás se irá. Porque ella no es un bonito recuerdo volátil. Ella es mi vida, mi verdad. Todo lo que necesito. Lo único que quiero.

17 de mayo de 2010

Vale la pena


El sacrificio sólo está justificado cuando lo mueve un sentimiento tan fuerte como el hecho mismo de estar vivo. En otras circunstancias, vale la pena abandonar.

Vale la pena huir, cuando tus piernas son más seguras que la moral de quien tiene un fusil.

Vale la pena dormir, cuando lo único que te espera es un trabajo que no te gusta, un sueldo que no mereces y una vida que no has elegido.

Vale la pena romper a llorar, cuando la sinceridad cuenta más que el valor o la hombría. O cuando ser valiente es precisamente ser capaz de llorar sinceramente.

Vale la pena suspender, cuando el premio que se alcanza te hace más infeliz que lo que poseías antes de emprender el camino.

Vale la pena elegir, cuando no te vez capaz de abarcar todos tus sueños.

Vale la pena morir, cuando la única opción posible, es la supervivencia.

Y sobre todo, vale la pena convencerse de que sobrevivir no es suficiente. Vale la pena VIVIR.


11 de mayo de 2010

Miedo en la ciudad (avance)

Dice el Génesis que Dios, enfadado por el pecado original, condenó a nuestro más antiguos progenitores al más terrible de los castigos: los echó del Paraíso. Los arrojó al mundo. Simplemente.
¿Acaso no había concebido el mundo (aunque se precipitara para no trabajar el domingo) como el hogar ideal de sus hijos?
Y así fue, pero Dios conocía muy bien a sus hijos, porque Dios, además de padre, era la madre de todo hombre vivo, con todas sus consecuencias. Sabía a la perfección que a su hijo, no le agradaba tanto como a Él la concepción de ese “mundo perfecto”.
Adán y Eva, pronto se dieron cuenta de que su padre había hecho el mundo en sólo seis días. Y a ellos no les gustaba. Tenían que protegerse de él.

Así nació la arquitectura.

El hombre primitivo se encerró en su cueva para protegerse del mundo. De la lluvia, del viento, de las fieras… Dentro de su cueva, todo estaba controlado. Su familia, su comida, su felicidad.
Entonces, ¿qué ocurre en las ciudades?

El hombre, sintiéndose agobiado en su pequeña cueva, salió al exterior para construir una cabaña. Aprendió a cultivar la tierra y a sentirse dueño del territorio que le rodeaba. Y después fueron más hombres los que se unieron a él, y aprendieron a vivir en familias cada vez más grandes… que se convirtieron en ciudad.
En las ciudades de nuestro tiempo, la complejidad es tan grande que podemos afirmar, que se tratan de grandes mundos construidos sobre un territorio que ya no conocemos, que no nos interesa.
Hemos creado nuestro mundo, como hizo Dios en el principio. Y al igual que le ocurrió a él, hemos visto como a nuestros hijos tampoco les gusta la ciudad que les dejamos.

Cuando la ciudad se hace tan compleja, cuando no somos capaces de controlarla, la cadena trófica metropolitana se convierte en un arma voraz , la ciudad se transforma en un monstruo que se devora cada segundo a sí mismo.

Y tenemos miedo.

20 de abril de 2010

20 de abril


20 de abril, ¿del 90?... O de los casi cuatro abriles que llevaba en la búsqueda de un barco perdido en aguas de un mar que no es el mío, de un pájaro que no iba a dejar enjaularse por las rejas de mi libertad, de una dama a la que no iba a hacer mujer.

Y hoy, en el cuarto abril, ya he dejado de buscar. Porque encontré en el camino a Ítaca una isla por la que había pasado más de alguna vez sin detenerme. Porque hallé la tierra que me ordenaste explorar. Porque al fin di con el amor que me mandaste buscar fuera de tus curvas fronterizas.

Ahora, en el cuarto abril, y después de disfrutar todo el invierno como sirena varada en un campo de frutales exquisitos, me encuentro con energías renovadas para volver a navegar todos los mares. Ahora tengo las fuerzas necesarias para soplar mis velas sin la necesidad del viento traicionero. Ahora sé que mis piernas serían capaces de recorrer todos los senderos en tu busca.

Pero me quedo aquí. Porque ahora soy feliz.



21 de febrero de 2010

Redención


Aturdido, y sin los dolores de cabeza que le habían acompañado en aquellos días de desatino y prisas, se levantó del charco de sangre.

A sus pies dejaba un espantoso charco de aquel líquido viscoso y oscuro, pero su ropa ya no estaba manchada. Tampoco tenía ya el cuchillo en su mano derecha, ni la foto de su hija en la izquierda, esa criatura de dos años que heredó los ojos de su madre.

Extrañado, fue a buscar ayuda. Pero nadie lo escuchaba. La casa parecía estar vacía de repente, a pesar de que él podía oír sus gritos. Miró hacia abajo, de donde procedían los llantos de una muchedumbre.
Aquellas dos mujeres (los gritos procedían de la más joven, la mayor la abrazaba) se aferraban al cuerpo inerte que minutos antes era suyo.

Comenzaba a ascender, y comprendió, que ya no le importaba a dónde iba, que había dejado atrás la única vida posible, junto a sus dolores de cabeza.

El Bosque de la Luz (6)




Así comencé a caminar, absorto, sin rumbo, pero con la cabeza alta, valiente, sin miedo. Hasta que, inesperadamente, empecé a oír los saltitos cada vez más lejos de mi. Las Alegrías, mis compañeras inseparables, se estaba quedando en el camino.

Me giré para esperarlas, pero no caminaban. Sonrisa pareció dar un paso para enfrentarse a mi mirada. Amistad y Primavera me miraban desde detrás de mi pájaro favorito.

- No podemos acompañarte esta vez.
- ¿Qué estás diciendo? – mi sorpresa no pudo ser mayor -. Puede estar aquí cerca, me lo dijo la Experiencia.
- Lo sabemos – contestó Sonrisa -, pero no vamos a ayudarte en tu búsqueda de la Felicidad. Lo hicimos con el Amor, pero esta vez, es diferente.
- Pero el Amor estará junto a la Felicidad, lo sé.
- ¿Y cuál de las dos te guía? Quizá te estés obsesionando.

Las palabras de Sonrisa tenían más dureza de la que podía esperar de cualquiera de las pequeñas Alegrías, esos pájaros indefensos que ni siquiera sabían volar. Decidido, la miré como se mira a un espejo para reflejar desde mi cara su nombre, y di la vuelta. No debía mirar atrás. El camino hacia la Felicidad era mío. Y no me frenarían los pequeños pies saltarines de unos pájaros cobardes.

Solo, y abrumado bajo un sol agotador, naufragué por los senderos de un frondoso matorral de dudas, frecuentado por negros alacranes que, según me daba la sensación, transmitían tristeza en cada picadura.

Y en frente de un rosal sin flores, lleno de espinas de color odio, una imagen horrible me hizo desacelerar el paso. Sin dejar de andar, por el miedo que me infundía esta nueva situación, contemplé la escena: una mujer, desnuda, con el cuerpo demacrado por las zarzas, y la piel tostada por el incansable astro rey, miraba sin pestañear un cuadro, o quizá una ventana abierta al mar, a una playa solitaria desde la que partió, según comprendí al ver su cara, el ser al que más quiso un día, y del que ahora sólo le quedaba el frágil recuerdo del tacto de su pelo.

Reconocí a esa mujer, de la que ya me habían hablado. Le decían la loca (del muelle de San Blas), y su nombre era Nostalgia.
De nuevo, di media vuelta y corrí mucho más que antes. Debía volver porque, si realmente quería encontrar a la gran Felicidad, no debía dejar jamás a las pequeñas Alegrías.





14 de febrero de 2010

El Bosque de la Luz (5)




Dispuesto a emprender mi búsqueda del Amor, no sé si más por curiosidad o por necesidad, aún me quedaba una pregunta por hacer a la Experiencia.

- ¿Y qué tienen que ver exactamente el Amor y la Felicidad?
- Algunos dicen, joven, que ambos son nombres para un mismo ser de este Bosque. Otros dicen haberles visto a ambos de la mano paseando por aquí.
- ¿Por aquí? ¿Cerca de esta montaña?
- Cerca o lejos – las respuestas de la Experiencia nunca me resultaban concisas -, ¿qué más te da? Tanto la Felicidad como el Amor podrían estar aquí, sentados frente a ti, y quién sabe si serías capaz de verlos.

El relato de aquella vieja tortuga no despejaba mis dudas. Más aún, ahora ya tenía dos seres a los que encontrar, pues de repente un ansia por hallar a ese ser, la Felicidad, ante cuyo nombre todos los ojos que me observaban parecían brillar como luceros de una noche de verano, se convertía en una necesidad tan imperante como la de respirar. Tenía que decidirme.

- Bien, señora Experiencia – dije decidido -, no puedo perder más tiempo. Si el Amor está junto a la Felicidad, o si son el mismo ser, empezaré ahora mismo a buscar a la Felicidad.
- Empieza a andar, joven curioso, y no te pares nunca si la quieres encontrar. Abre bien los ojos porque puede estar en cualquier parte, y agudiza tus reflejos porque no se deja atrapar fácilmente.
- Lo haré. Ahora mismo – la emoción por emprender la marcha me inundaba -. Desde esta montaña… ¿qué camino debo coger?
- Joven, si vas en busca de la Felicidad, coge el camino que quieras. Sabrás que la tienes cerca cuando empieces a no sentirte perdido.

7 de febrero de 2010

El Bosque de la Luz (4)




- ¿Por qué no lo intentáis?

Por más que me esforcé, las Alegrías se negaban a explicarme lo que era el Amor. Sin embargo, no se portaron mal conmigo. Me ofrecieron hacerle una visita a la Experiencia, esa que, según decían, jamás se había renovado. La que vivía desde siempre, y lo recordaba todo.

- De todas formas chico, no deberías hacerte muchas ilusiones. La experiencia tampoco va a definirte el Amor.
- No te preocupes – añadió Sonrisa -, de todas formas, hablar con la Experiencia siempre es una gran oportunidad.

Caminamos durante horas por un camino serpenteante, y al llegar a una montaña de libros, me sorprendí al verla. Un gran tortuga oscura, que más parecía una montaña de piedra, abría los ojos lentamente para recibirnos. Ni nos dejó saludar.

- Ya sé para qué vienes, joven – dijo la Experiencia con una voz cadente y melodiosa -. Puedes irte si quieres, yo tampoco voy a explicarte lo que es el Amor.
Puedo decirte, como me dijo Hesiodo, que el Amor es el arquitecto del Universo. Puedo decirte, también, como me dijo un buen amigo, que el Amor, es la fuerza más grande que encontrarás en este mundo; pero cuidado con él, pues es la fuerza más grande para crear, pero también para destruir. No juegues con él si lo encuentras.
No preguntes más, no te lo voy a decir. Por mucho que te cite a sabios pensadores, jamás sabrás lo que es el Amor. Quizá, piensa esto bien, sea sólo una herramienta para buscar a la Felicidad, ¿no es así?
Sea lo que sea, si de verdad quieres solventar tus dudas, ve y búscalo. Y cuando lo hagas, recuerda a Neruda: “en un beso, sabrás todo lo que he callado”.

31 de enero de 2010

El Bosque de la Luz (3)





- ¿Siembre habéis vivido en el Bosque de la Luz? - pregunté a las Alegrías.
- Depende de cuánto sea siempre. Pero las Alegrías llevamos mucho tiempo aquí, sí.
- Lo que pasa es que nos gusta viajar - añadió Sonrisa, una de las Alegrías más juguetonas y espontáneas -. De vez en cuando no vamos, pero siempre acabamos regresando.
- ¿Y todos aquí son tan viejos? - no podía parar de preguntar.
- Bueno, el Bosque es muy antiguo. Aunque nosotras nos vamos renovando, ¿sabes? Quizá por eso no somos tan inteligentes como la Experiencia.

Mis inseparables compañeras me explicaron, que la Experiencia era una tortuga muy anciana que jamás se había renovado. Llevaba en el Bosque de la Luz desde siempre. Llevaba tanto tiempo, que ni siquiera ella podía determinar su edad.

- A diferencia de ella - comenzó de nuevo Sonrisa -, los demás seres del Bosque nos vamos renovando, aunque existimos desde siempre. Pasa así con nosotras, las Alegrías, y también con el Cariño, la Nostalgia, el Amor...
- ¿El Amor? - dije sobresaltado. Había escuchado ese nombre antes, pero no recordaba dónde ni cuándo -. ¿Qué es el Amor?

Nadie me contestó.

- ¿Acaso no lo sabéis?
- Amigo mío - respondió sonrisa dando saltitos -, sabemos perfectamente lo que es el Amor. Pero si tratamos de definirlo, lo olvidaremos por completo.

24 de enero de 2010

El Bosque de la Luz (2)




Y fueron muchos los que hice, escoltado siempre por mis pequeñas amigas, las Alegrías, en aquel bosque de luz eterna.

Me enseñaron los verdes prados de la Paz, los turbulentos ríos de la vida, que regaban varias lagunas de lágrimas, y las fértiles huertas de la Ilusión y el Deseo.

- Todas estas regiones pertenecen al Bosque de la Luz - me dijo una Alegría.
- Guau, ¿y a quién pertenece todo esto?
- A ti, si quieres, y a todos los que vengan a conocerlo. Si llegas a saber que existe, puedes poseerlo.
- ¿Puedo poseer el Bosque de la Luz? - pregunté sin creérmelo aún.
- El Bosque y todo cuanto encuentres en el Planeta de la Vida, aunque no deberían importarte demasiado las posesiones.
- ¿Y qué hay más allá?
- ¿Más allá de qué? - Todas las Alegrías se giraron para oír mi respuesta.
- Del planeta en el que estamos. De la vida.
- Ja, ja, ¡qué importa! Preocúpate por conocer lo que hay en él, y no pierdas el tiempo en tonterías.

17 de enero de 2010

El Bosque de la Luz (1)



Dicen que los bosque serían demasiado silenciosos si sólo cantaran los mejores pájaros (Henry van Dyke).


En nuestro bosque, no había mejores pájaros. Era un bosque extraño, pequeño y soleado. Demasiado soleado. Tanto que jamás se hacía de noche. El sol duraba eternamente y las nubes, en los pocos momento que poblaban su cielo, eran bien agradecidas por sus habitantes.

La primera vez que estuve allí yo tenía, quién sabe, al menos, cien años o nueve meses, y era mi primer viaje al extranjero.
Nada más llegar, la luz eterna de aquel bosque me abrumó, y durante unos segundos, o quizá días, escuché cómo llegaban varios animales, sin poder verlos.

Al momento, cuando pude abrir los ojos, me hice amigo de muchos de ellos. Varios pájaros que no sabían volar daban saltitos a mi alrededor, mirándome curiosos. Quise preguntar, pero el Cariño se me adelantó. El Cariño era una cigüeña con forma de madre y grandes bolsillos, donde guardaba todo tipo de herramientas, según me dijo después. Fue el primer ser que encontré tras el aterrizaje en el Bosque de la Luz, y se encargó amablemente de presentarme a algunos de sus habitantes.

Me explicó que los pequeños pájaros saltarines de mi alrededor eran las Alegrías, una gran familia por cierto, y que, aunque no sabían volar, estaban dispuestas con agrado a acompañarme en mis excursiones por el bosque.

20 de noviembre de 2009

Hojas muertas


Iba caminando. Sólo miraba sus pies. Andaban a un ritmo acompasado, tranquilo, pero autómata. Su ritmo sólo se veía manchado, a veces, por las desordenadas intervenciones de algunas hojas de plátano tumbadas por el otoño. Dejó de distinguir en el suelo las sombras, y entonces alzó la vista.

Por fin, más tarde que temprano, parecía llegar el frío, y venía acompañado de una espesa capa blanquecina que cubría lo que ayer fue una bóveda celeste. Con una sonrisa de suficiencia, parecía no echar de menos al sol. Es normal, supongo, cuando tus recuerdos veraniegos son los viajes al norte, al frío, al cielo gris, al aire puro del invierno perpetuo.

Sonreía, ahora siempre sonreía. Las pocas veces que dejaba caer una lágrima, eran para recordar la lluvia, muy escasa en estos días, aunque sabía que pronto vendría ella también para ser testigo de su nueva vida.
Y así, sonriendo cabizbajo mientras miraba las hojas muertas, caminaba hacia su casa entre los primeros abrigos, que comenzaban a abandonar los armarios. El invierno llegaría, aunque no fuera puntual. Y eso le animaba a seguir sonriendo.


Por fin parece que el verano empieza a rendirse.

20 de octubre de 2009

Otoño




Y de repente, una mañana decides quedarte a dormir. Sin un motivo más aparente que el del sueño retrasado, la frustración del tiempo perdido te lleva a levantarte entre prisas y calcetines del revés. Pero hoy es diferente. Porque abres la ventana y sientes los cambios repentinos. Porque sales a la calle y hueles el futuro más inmediato, bajo un tul de nubes grises que presagian que por fin, y aunque tarde, ha llegado el otoño.

Poco tardan en llegar, apenas a la tarde, las primeras lluvias, y esos primeros efluvios suaves de la tierra mojada, que el agitado viento de repente se anima a repartir a los incrédulos.
Hoy Vivaldi ha hecho caer las hojas con su leve giro de batuta, ha matado con su allegro el bochornoso no acabar del verano, dando paso al fin a las tardes de sofá, al ocaso tempranero, a los coloridos paraguas y a las imágenes grises a través de las ventanas cerradas.

Llueve, por fin llueve, y las primerizas gotas traen consigo los recuerdos del pasado y los del norte, y todos son bienvenidos, en este otoño tardío, como inolvidables fotografías del álbum de la melancolía. Ese álbum familiar que es rescatado bajo el rítmico repiqueteo de las gotas al caer, ése que se comparte en el acogedor sofá mientras la lluvia nos ofrece todos los olores que es capaz de arrancar. Olores que ahora, tan vívidos, nos recuerdan que no está tan lejos el otoño anterior.

6 de octubre de 2009

Instinto


Tenía un olor dulce, pero con un toque amargo que le hacía delirar al filo de lo imposible. No llegó a probarlo, pero aspiraba hasta la extenuación para impregnar sus pulmones de él. Se sentía un animal cuando expulsaba poco a poco su empalagoso aroma y, a veces, le repugnaba incluso pensar en lo que estaba acostumbrándose a hacer. Pero su olor, ese olor dulzón, pesado, amargo sólo en su justa medida...

No tenía lógica, lo sabía, al menos no la lógica que se esperaba de un hombre como él.

Sabía que lo instintivo era probarlo, beber el tan ansiado jugo que su cuerpo le pedía. Su textura, más viscosa que la miel, le hacía recuperar la poca cordura que quedaba en su conciencia humana. Y entonces, igual que ya había hecho las otras veces, se limitó a oler su sangre una vez más, y después de enjuagar sus manos pegajosas, abandonó el cadáver sin vísceras de la joven que lo había llevado a pasear.

28 de septiembre de 2009

El despertar


El tiempo pasa incluso aunque parezca imposible, incluso a pesar de que cada movimiento de la manecilla del reloj duela como el latido de la sangre al palpitar detrás de un cardenal. El tiempo transcurre de forma desigual, con saltos extraños y treguas insoportables, pero pasar, pasa. Incluso para mí.

Stephenie Meyer. Luna nueva.

11 de agosto de 2009

Alma


Pienso que el alma de cada persona es su historia. El pasado que aún tienen presente, los recuerdos que les hacen tomar decisiones en cada momento.

Es la historia de cada persona, su alma, lo único que queda de nosotros al morir. El amor de nuestros hijos, el recuerdo que nuestros amigos guardan de nosotros, el nombre que nos labramos a lo largo de nuestra vida… Es la vida de la fama de la que nos hablaba Jorge Manrique, la que sigue sobreviviendo cuando nuestro cuerpo perece.

El alma está compuesta de todas las historias que labramos cada día, y sobre todo, de todas las personas que han pasado por nuestras vidas, cada una dejando su propia huella, sus propios recuerdos, su propia porción de nuestra alma. Mi alma soy yo, mi alma es mi historia, pero también eres tú, que me lees, y la imagen que me estoy ganando en tu recuerdo. Mi alma también son mis amigos, mi familia, el cariño que les merezco… y cada momento que vivimos juntos. Y mientras haya alguien que recuerde mis palabras, mis locuras, mis tonterías del día a día, mi alma será eterna.

Mientras haya un buen recuerdo, no hay por qué temer, ni tan siquiera a la muerte.

5 de agosto de 2009

Cambios




Viajas con el sol de frente en un viaje de vuelta, sabiendo que todo ha cambiado para siempre. Es el mismo camino que recorriste en la mañana, cuando ibas en búsqueda de un destino que tú mismo has inventado, y al volver, recorriendo la misma carretera que llevas años pisando, sabes que todo es distinto.

La misma carretera, el mismo coche, las mismas personas y el mismo aire. Pero todo es diferente. El sol de la tarde, bajando mientras busca ya su ocaso, te dice enrojecido que ya lo sabe todo, que conoce tu secreto y que espera tu vuelta, a sabiendas de que volverás más de una vez al lugar del que ahora vienes. El lugar al que te dirigiste esta mañana para cambiar el rumbo de un par de vidas.

Todo ha cambiado. Mañana, cuando amanezca de nuevo, todo seguirá siendo igual que como era esta mañana, antes de que tú partieras. Pero el sol confidente de esta tarde, no tardará en contarle a todo el mundo tu secreto. Y si no se encarga él de pregonarlo, será tu sonrisa quien lo haga.

23 de julio de 2009

Río Mersey



Agua. Mucha agua. Agua casi estancada en un caudaloso río al borde de su muerte, la inevitable desembocadura de su vida.

En su andanza, este agua vio correr muchas otras vidas, paralelas a la suya. Con frenesí al principio, emanando de una fría e inexperta montaña llena de impulsivos salientes rocosos que podían saltar en cualquier momento hacia la aventura desorbitante de la vida; en su madurez, tranquilo, llevando de un lado a otro los sedimentos de experiencias que el tiempo le otorga; y casi muerto, pero consciente aún, totalmente sosegado en el momento en el que fui a sentarme junto a él.

El mar, la misma muerte que lo espera donde lo salado se hace dulce mientras divisa el horizonte, ansía hacerse con el conocimiento que el viejo río transporta, desde el frío lugar de su nacimiento hasta la misma ciudad desde donde yo lo observo. Y a la par que lo observo, él se lleva mi historia para entregársela al mar. Porque nunca estuvo saciado de conocimiento. Porque jamás fue tan viejo como para dejar escapar la historia de un viajero. Porque ante la muerte, sacó el valor necesario para seguir aprendiendo.