11 de mayo de 2010

Miedo en la ciudad (avance)

Dice el Génesis que Dios, enfadado por el pecado original, condenó a nuestro más antiguos progenitores al más terrible de los castigos: los echó del Paraíso. Los arrojó al mundo. Simplemente.
¿Acaso no había concebido el mundo (aunque se precipitara para no trabajar el domingo) como el hogar ideal de sus hijos?
Y así fue, pero Dios conocía muy bien a sus hijos, porque Dios, además de padre, era la madre de todo hombre vivo, con todas sus consecuencias. Sabía a la perfección que a su hijo, no le agradaba tanto como a Él la concepción de ese “mundo perfecto”.
Adán y Eva, pronto se dieron cuenta de que su padre había hecho el mundo en sólo seis días. Y a ellos no les gustaba. Tenían que protegerse de él.

Así nació la arquitectura.

El hombre primitivo se encerró en su cueva para protegerse del mundo. De la lluvia, del viento, de las fieras… Dentro de su cueva, todo estaba controlado. Su familia, su comida, su felicidad.
Entonces, ¿qué ocurre en las ciudades?

El hombre, sintiéndose agobiado en su pequeña cueva, salió al exterior para construir una cabaña. Aprendió a cultivar la tierra y a sentirse dueño del territorio que le rodeaba. Y después fueron más hombres los que se unieron a él, y aprendieron a vivir en familias cada vez más grandes… que se convirtieron en ciudad.
En las ciudades de nuestro tiempo, la complejidad es tan grande que podemos afirmar, que se tratan de grandes mundos construidos sobre un territorio que ya no conocemos, que no nos interesa.
Hemos creado nuestro mundo, como hizo Dios en el principio. Y al igual que le ocurrió a él, hemos visto como a nuestros hijos tampoco les gusta la ciudad que les dejamos.

Cuando la ciudad se hace tan compleja, cuando no somos capaces de controlarla, la cadena trófica metropolitana se convierte en un arma voraz , la ciudad se transforma en un monstruo que se devora cada segundo a sí mismo.

Y tenemos miedo.

1 comentario:

teresa_ dijo...

gracias*
ya me estabas faltando.
cuidate muxo en mi ausencia.
1000besos.