21 de febrero de 2010

Redención


Aturdido, y sin los dolores de cabeza que le habían acompañado en aquellos días de desatino y prisas, se levantó del charco de sangre.

A sus pies dejaba un espantoso charco de aquel líquido viscoso y oscuro, pero su ropa ya no estaba manchada. Tampoco tenía ya el cuchillo en su mano derecha, ni la foto de su hija en la izquierda, esa criatura de dos años que heredó los ojos de su madre.

Extrañado, fue a buscar ayuda. Pero nadie lo escuchaba. La casa parecía estar vacía de repente, a pesar de que él podía oír sus gritos. Miró hacia abajo, de donde procedían los llantos de una muchedumbre.
Aquellas dos mujeres (los gritos procedían de la más joven, la mayor la abrazaba) se aferraban al cuerpo inerte que minutos antes era suyo.

Comenzaba a ascender, y comprendió, que ya no le importaba a dónde iba, que había dejado atrás la única vida posible, junto a sus dolores de cabeza.

2 comentarios:

teresa_ dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
teresa_ dijo...

enamorá de la vida.
¡*